Aquella tarde de invierno yo estaba sentado en casa, en Minas, cuando el frío ya empezaba a pegar contra las ventanas y uno todavía no sabía si el cuerpo temblaba por el invierno o por otra cosa.
Mi mujer andaba por la cocina sin hacer mucho ruido. Mi hijo, que entonces tenía once años, hacía como que entendía de fútbol para esconder el miedo. El mate ya estaba lavado desde hacía rato, pero ninguno de los dos tenía ganas de levantarse a cambiar la yerba.
Hay partidos que uno mira. Y hay partidos que se padecen. Aquel era de los segundos.
Uruguay jugaba contra Ghana por un lugar en semifinales del mundo. Semifinales. La palabra sola ya parecía demasiado grande para nosotros. Hacía cuarenta años que no llegábamos tan lejos y el país entero llevaba días caminando con esa mezcla rara de ilusión y fatalidad que tenemos los orientales cuando las cosas parecen demasiado lindas para durar.
En Minas las tardes de invierno tienen una tristeza tranquila. A las cuatro ya empieza esa luz cansada que parece anunciar la noche demasiado temprano. Los vecinos tenían las teles prendidas y de alguna casa cercana llegaban gritos ahogados, puteadas nerviosas, cucharas golpeando platos.
Era un pueblo entero respirando distinto. El partido había sido bravo. De esos que se juegan con los dientes apretados.
Muntari nos había clavado aquel bombazo antes del descanso y yo me acuerdo de haber pensado:
“Bueno… hasta acá llegamos.”
Pero después vino el tiro libre de Forlán. Ese zurdazo endemoniado. Y el grito salió de casa tan fuerte que el perro se escondió abajo de la mesa.
Después ya no hubo fútbol. Hubo resistencia. Piernas pesadas. Calambres. Sufrimiento oriental.
Porque el uruguayo, cuando ya no puede jugar lindo, juega con otra cosa. Con hambre. Con orgullo. Con esa terquedad rara que no siempre se entiende desde afuera.
Y entonces llegó el final del alargue. Ese minuto imposible. Ese minuto que todavía hoy parece inventado.
La pelota quedó boyando en el área. Un rebote. Otro. Y Ghana tuvo el gol. Lo tuvo de verdad.
Yo me paré del sillón porque hay jugadas que uno reconoce antes de que terminen.
Y esa era muerte.
Pero entonces apareció Suárez. Y mirá… yo fui arquero toda la vida.Arquero de barrio, nomás. De esos que aprenden a tirarse al barro porque alguien tiene que hacerlo.
Y además soy uruguayo. ¿Qué querés que te diga?
Aquello fue una jugada de campito. Una avivada. De las que nacen cuando ya no queda aire, ni piernas, ni milagros. Luis metió la mano como un gurí desesperado salvando el partido del barrio porque todavía no quiere irse a casa.
Roja. Penal. Silencio.
Mi mujer dejó de mirar. Mi hijo preguntó algo que nadie respondió. Yo me quedé quieto. Porque el miedo también sabe quedarse quieto.
Asamoah Gyan caminó hacia la pelota. La casa se hizo más chica. El aire más pesado.
Uno ya conoce esos finales.
Le pegó fuerte. Travesaño. Afuera.
Y juro que el grito que pegamos no salió de la garganta. Salió de otro lado. De un lugar más viejo. Más bruto. Como si el país entero hubiera vuelto a nacer de golpe.
Después vinieron los penales.
El sufrimiento normal del uruguayo.
Forlán. Gol.
Ghana. Gol.
Scotti. Gol.
Muslera. Milagro.
Todo el mundo envejeciendo diez años por minuto.
Y entonces apareció él.
Sebastián. El Loco. No el de la tele. No el trotamundos de cuarenta equipos. El gurí de Minas. El larguirucho raro con el que yo había jugado de chico en una cancha de tierra atrás del liceo, cuando los arcos eran dos piedras torcidas y el viento de Lavalleja hacía cosas raras con la pelota.
Yo le había atajado penales. Y también le había visto hacer cosas que no tenían sentido. Porque el Loco siempre fue así.
Hay tipos de locura distintos. Está la locura triste del borracho. La del desesperado. La del hombre que ya no tiene salida. Y después existe otra. Una mucho más rara. La bendita locura. La de los hombres que miran al miedo de frente y todavía encuentran tiempo para hacer una travesura. Ésa era la de Sebastián.
Por eso, apenas lo vi caminar hacia el punto penal, sentí un frío raro en el pecho. No de sorpresa. De reconocimiento.
Y sin sacar los ojos de la tele le dije a mi hijo:
—La va a picar.
Mi mujer me miró como si estuviera loco. Mi hijo casi se rió.
—¿En un Mundial?
—Sí —le dije—, —Justamente por eso. ¡Está loco! —.
Pero saber algo no hace sufrir menos. A veces hace sufrir más.
Porque yo conocía esa caminata. Ese aire despreocupado. Esa manera de acercarse a la pelota como quien todavía juega en el barrio.
Y también sabía la belleza y la tragedia que podían caber dentro de una sola idea.
El estadio se calló. Uruguay entero también.
El Loco tomó carrera. Corta. Como siempre. Como si no estuviera pateando el penal más importante de nuestras vidas.
El arquero se venció. Y Sebastián hizo exactamente lo que yo sabía que iba a hacer.
La pinceleó.
Y entonces pasó algo rarísimo: la pelota no subió. No cayó. No fue rápida ni lenta. Simplemente quedó ahí. Flotando. Como si el tiempo, cansado de sufrir, hubiera decidido demorarse apenas un instante más.
Y fue entonces cuando pensé en Becho. En aquella manera triste y delicada de acariciar el violín que cantaba Zitarrosa. Porque Becho no tocaba fuerte. No golpeaba las notas. Las dejaba salir despacito, como quien conoce demasiado bien el dolor y por eso ya no necesita apurarse.
Así mismo la tocó el Loco. No la pateó. No la rompió. La acarició.
Con esa delicadeza extraña que tienen ciertos hombres medio rotos, medio geniales, cuando hacen algo tan absurdo que parece imposible no quererlos un poco más.
Y la pelota quedó ahí, suspendida, larga y triste, demorándose apenas un segundo más antes de romperle algo adentro a un país entero.
Y durante ese instante larguísimo, imposible, insoportable… yo creo que Uruguay entero dejó de respirar.
Después vino el grito, claro. La emoción desatada. Las bocinas. Los abrazos entre desconocidos. La gente llorando sin hacerse demasiado problema por disimularlo.
Pero yo me quedé un rato sentado. Quieto. Agradecido, nomás.
Porque hay países que sobreviven por tamaño. Otros por dinero. Y después estamos nosotros. Que, cada tanto, sobrevivimos gracias a una bendita locura. La de esos hombres raros que, cuando todo parece demasiado serio, todavía se animan a acariciar la pelota.
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A veces un penal entra al arco.
Y otras veces entra para siempre en la memoria de un país.
La camiseta conmemorativa de Uruguay 2010 del Loco Abreu homenajea aquella noche inolvidable del Mundial de Sudáfrica, cuando Sebastián “El Loco” Abreu convirtió un simple penal en una historia eterna y llevó a Uruguay a unas semifinales del mundo cuarenta años después.
Porque desde aquel 2 de julio de 2010, para muchos sudamericanos ya no fue solamente una Panenka.
Fue un Abreu.
Una locura bendita.
Una pelota flotando.
Un país entero dejando de respirar.
Y un gesto imposible que terminó explicando algo muy uruguayo: que el miedo también puede mirarse de frente.
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