Cada cuatro años junio llegaba y el mundo parecía detenerse.
Las oficinas trabajaban menos, las calles se vaciaban y las familias acomodaban almuerzos, cumpleaños y hasta peleas matrimoniales alrededor del televisor como si fueran a asistir a algo sagrado. Había algo en el Mundial que conseguía poner de acuerdo hasta al vecino más amargado: durante un mes el planeta entero parecía respirar al mismo tiempo.
Pero Ecuador, durante muchísimo tiempo, miró aquella fiesta desde afuera.
Y dolía.
Dolía de una forma rara, silenciosa, difícil de explicar si uno no creció siendo futbolero aquí. Porque no era solamente quedarse fuera de un torneo; era ver a los otros —a los nuestros— vivir algo que parecía todavía no habernos sido concedido.
Los uruguayos iban y volvían de los Mundiales como quien visita parientes. Los argentinos parecían haber nacido con derecho adquirido a junio. Los brasileros llegaban siempre, naturalmente, conocían el camino de memoria. Chile volvió en el 98. Hasta Bolivia había estado en el 90; y uno, siendo ecuatoriano, miraba aquello con una mezcla rarísima de admiración, resentimiento y esperanza torcida:
“Si ellos pudieron, ¿y nosotros por qué no?”
Entonces uno terminaba prestándose sueños ajenos. No quedaba otra.
La mayoría íbamos por Brasil, Argentina, algunos hasta por Uruguay, porque había algo en ellos —en el sufrimiento digno, en la terquedad sudamericana— que se parecía un poquito a nosotros. Y los más rebeldes terminaban enamorándose de Italia, Alemania, Holanda o Francia, escogiendo patrias futboleras prestadas para no sentirse tan huérfanos cada cuatro años.
Yo mismo celebré goles ajenos. Pero no era igual. Nunca era igual. Porque uno no quiere solamente ver Mundiales. Uno quiere verse ahí. Quiere escuchar su himno y sufrir de verdad. Quiere ese nervio horrible antes de un partido importante. Quiere que le rompan el corazón, sí, pero por algo propio. Porque hasta para sufrir hay que pertenecer.
Yo tenía un pcoo más de veinte años y hasta entonces había aprendido algo tristísimo sobre ser ecuatoriano futbolero: uno aprende primero a fracasar que a ganar.
Pero aquella eliminatoria había empezado a cambiar algo. Y de ley que lo había cambiado.
Con mi pana José Luis habíamos ido juntos a toda la eliminatoria. Toda. Y lo raro —lo peligrosamente raro— era que poco a poco habíamos empezado a acostumbrarnos a algo que hasta entonces parecía privilegio de otros países: salir felices del estadio.
Todo empezó despacito. Venezuela. Perú. Partidos donde uno todavía iba con cautela, sospechando que en cualquier momento el fútbol ecuatoriano iba a recordar su vieja costumbre de rompernos el corazón. Pero ganábamos. Y lo más raro no era eso: era la sensación nueva, casi incómoda, de empezar a ilusionarse sin pedir disculpas.
Después vino Chile. El Chile de Sa-Za. Salas y Zamorano. Dos monstruos. Y aun así Quito también los terminó doblando.
Porque el Atahualpa no era solamente un estadio. Era un personaje. Una especie de animal viejo que iba cansando rivales poquito a poquito. El sol del mediodía quiteño caía bravísimo, de ese calor raro que te cocina a los 2.850 metros, esa bendita y maldita altura que iba secando piernas, quitando pulmones y volviendo humanos hasta a los cracks más soberbios.
Uno veía a brasileros, argentinos y uruguayos terminar con las manos sobre las rodillas buscando aire como si alguien les hubiera quitado un pedazo de pecho.
Hasta Brasil. El Brasil de Ro-Ro. Ronaldo y Romário. A Brasil, nomás.
Todavía me acuerdo de salir del estadio mirando a José Luis como dos idiotas felices, sin terminar de entender bien qué acababa de pasar. Porque hasta entonces los brasileros parecían criaturas mitológicas. Y resulta que también se cansaban. También jadeaban. También sufrían el mediodía quiteño como cualquiera.
Después vino Paraguay. Después ese cinco a uno a Bolivia que ya parecía falta de respeto. Hubo incluso un cero a cero con Colombia que supimos sufrir como se sufren ciertas relaciones largas: puteando un poco, resignados, pero todavía creyendo. Y sí, también llegó la Argentina de Bielsa a bajarnos un poquito de la nube, porque esos manes corrían como si el cansancio fuera una simple opinión y en pocos minutos nos metieron 2 a 0 y jugamos casi todo el partido con un hombre menos.
Pero aun así algo ya se había roto —o quizá arreglado— dentro de nosotros. Porque habíamos dejado de ir al estadio a ver qué pasaba. Ahora íbamos creyendo. Creyendo de verdad. Y eso, para un ecuatoriano futbolero de aquella época, ya era casi un acto irresponsable.
José Luis y yo empezamos la fila aquel día a las seis de la mañana. Seis. Como si no fuéramos a un partido sino a una peregrinación nerviosa. Quito amanecía frío todavía y nosotros ya estábamos ahí, junto a miles de ecuatorianos cargando la misma ansiedad.
Familias enteras, gente llegada desde Guayaquil, Cuenca, Ambato, Riobamba, Ibarra, Loja, Machala, Esmeraldas. Estoy seguro de que esa tarde estuvimos todos. Los de Pichincha, Guayas, Azuay, Manabí, Loja, El Oro, Tungurahua, Chimborazo, Imbabura, Cotopaxi, Bolívar, Cañar, Los Ríos, Carchi, Pastaza, Morona Santiago, Zamora, Napo, Orellana, Sucumbíos, Galápagos…
Todos. El migrante en España. El taxista en Nueva York. La señora cocinando con el televisor prendido. El muchacho que todavía no entendía bien qué era el offside, pero igual sufría porque veía sufrir al papá. Ese día estuvimos todos los ecuatorianos, hubiéramos estado donde hubiéramos estado.
Entramos al estadio cerca de las ocho de la mañana y ahí apareció el primer drama serio. No conseguimos General Sur. Solo Tribuna Sur. Y esto puede sonar completamente absurdo para cualquiera que no haya sufrido eliminatorias sudamericanas, pero José Luis y yo estábamos genuinamente preocupados. Porque toda la eliminatoria la habíamos visto desde General Sur.
Toda: Brasil, Chile, Paraguay, Argentina, Colombia, etc...
Todo desde el mismo lugar. Ahí estaba nuestra cábala. Nuestro pacto secreto con el universo. Y el ecuatoriano futbolero es supersticioso hasta niveles peligrosos. Uno empieza creyendo en Dios y termina creyendo en una grada específica del Atahualpa.
—Chuta ñaño, rompimos la cábala— me dijo José Luis.
Yo me reí de nervios y contesté:
—Simón loco, ya la cagamos—.
Porque cuando algo demasiado lindo parece demasiado cerca, uno empieza a negociar con cualquier cosa: con Dios, con la suerte, con el universo… hasta con el puesto del estadio.
Además estaba la otra gran cábala nacional: el Pirulino del Bolillo.
Y eso no era negociable. No señor. El hombre ya lo había hecho antes y venía funcionado, así que tenía que hacerlo sí o sí. Prácticamente era política pública. Era más importante que baile a que dirija.
Mientras nosotros estábamos muriéndonos de nervios —y de chirez también, porque ni hambre daba y solo había espacio y plata para la biela— Hernán Darío Gómez apareció al borde de la cancha y empezó a bailar.
Imagínate la escena. Nosotros a noventa minutos de cambiar cuarenta años de frustración futbolera y el técnico bailando como tío chumo en matrimonio. Pero lo raro es que no daba vergüenza. Nos gustaba Porque verlo ahí era sentir que no había que asustarse. Como si dijera:
“Tranquilos. Ya estamos aquí.”
Y por un rato uno de verdad creyó. El Atahualpa hervía. El sol pegaba durísimo. La altura hacía lo suyo. Uno veía a los uruguayos con las manos en las rodillas y pensaba:
“Estos ya están hechos pedazos antes de empezar.”
Y justo cuando el ecuatoriano empieza a emocionarse demasiado rápido, el fútbol normalmente se acuerda de quién eres.
Penal para Uruguay. Gol. Y el estadio quedó mudo. No callado. Mudo.
Como si alguien hubiera desenchufado el ruido del país entero.
Yo me acuerdo clarito de haber pensado:
“No puede ser… otra vez no.” Y de seguro muchos miraron al cielo y le preguntaron como en la leyenda quiteña "¿Hasta cuándo Padre Almeida?".
Porque esa película ya la conocíamos demasiado bien.
Justo atrás nuestro había un tipo que llevaba todo el partido obsesionado con un solo enemigo:
—¡Sáquenle al Kaviedes!
Cinco minutos después:
—¡Ese man está hueveando. Bolillo sácalo al Kaviedes!
Y otra vez:
—¡No está jugando a nada el huevón ese del Kaviedes!
Y lo peor es que algo de razón parecía tener. Porque Kaviedes desesperaba. Qué bestia si desesperaba. Parecía jugar distraído del mundo, como si el partido estuviera ocurriendo un poquito más lejos para él.
Pero Kaviedes tenía algo distinto. Algo rarísimo. Talento puro. Era el tipo que hacía pensar que quizá aquí también nacían jugadores tocados por algo especial.
Y entonces entró Aguinaga y pronto llegó el minuto 72.
Porque durante años el "Güero" había cargado casi solo el sueño ecuatoriano, cuando todavía no sabíamos bien si esto de clasificar a un Mundial era una fantasía o una posibilidad real. El símbolo. El tipo que había estado ahí cuando perder parecía costumbre.
Y entonces pasó. Aguinaga levantó la cabeza y tiró el centro.
La pelota cayó al área. El estadio dejó de respirar. Y Kaviedes —el mismo al que medio país quería sacar cinco minutos antes— apareció.
Saltó. Cabezazo. Gol.
Y yo hice algo lógico. Hermoso y horrible a la vez. Me di vuelta inmediatamente y se lo grité en la cara al tipo de atrás que estuvo medio partido pidiendo que lo saquen a Kaviedes, en idioma completamente lojano, que salió de lo más profundo de mi ser:
—¡AHÍ ESTA KAVIEDES, CARA DE MAZO!
Porque el tipo estaba llorando. Llorando de verdad. Abrazado con desconocidos.
Como llorábamos todos. Cevallos. Iván Hurtado. Ulises. Aguinaga. Bolillo. Chiriboga... todo el país.
Ese gol no solo empató un partido. Ese gol nos clasificó emocionalmente, nos cambió.
Porque desde entonces ya vivimos cuatro Mundiales. Y ahora vamos al quinto.
Ahora miranos atrás y decimos: "qué bestia, cómo hemos cambiado".
Antes rogábamos por entrar a la fiesta. Ahora ya queremos mantel largo. Queremos pasar fases. Queremos dejar de ir solamente a participar y empezar, de una buena vez, a pelear en serio.
Y cada vez que sueño esas locuras vuelvo a aquella tarde. A José Luis. A la biela. A las cábalas. Al Pirulino. Al sol criminal de Quito. A la altura. Al miedo. Y al cabezazo de Kaviedes.
Porque hay goles que cambian partidos. Otros que cambian generaciones. Y después están esos rarísimos goles que cambian la imaginación de un país entero.
El de Kaviedes fue uno de esos.
Consigue la camiseta conmemorativa sobre el instante preciso en que todo cambió

Hay goles que ganan partidos.
Y hay goles que cambian países.
La camiseta conmemorativa Ecuador 5 Mundiales homenajea aquella tarde en el Atahualpa en la que un cabezazo de Kaviedes hizo que Ecuador dejara de mirar Mundiales ajenos y empezara, por fin, a sentirse parte de la historia.
Porque antes de los cinco Mundiales hubo un instante preciso en que todo cambió.
Un centro.
Un salto.
Un gol.
Y un país entero aprendiendo a creer.