Milán amaneció tibia, con ese calor suave de junio que parecía no querer molestar demasiado a nadie y un cielo ligeramente pálido, como si la ciudad todavía no hubiera decidido del todo si aquel día merecía convertirse en verano. Italia llevaba semanas pareciéndose a esas películas europeas donde la gente desayuna despacio, fuma mirando lejos y parece saber algo que uno todavía no entiende. Había periódicos abiertos sobre mesas pequeñas, camareros con una paciencia casi ofensiva y un olor persistente a café que hacía sentir culpable a cualquier colombiano acostumbrado a tomarse su tintico más fuerte y más rápido.
Nosotros, en cambio, veníamos haciendo cuentas. Porque Colombia había llegado a ese partido respirando apenas. Habíamos perdido con Yugoslavia un encuentro que todavía dolía mencionar demasiado fuerte, como si decirlo pudiera empeorar algo, y después vino Emiratos Árabes con ese dos a cero que nos dejó vivos, aunque todavía no exactamente tranquilos.
Pero ahora tocaba Alemania. Y Alemania, en aquel Mundial, no parecía un equipo. Parecía una noticia mala que uno sabía inevitable.
La selección del Kaiser Franz Beckenbauer caminaba por Italia con la serenidad de las cosas que ya se sienten dueñas del final. Le había hecho cuatro goles a Yugoslavia sin despeinarse y cinco a Emiratos con esa eficacia alemana que parecía ejecutarse sin ruido, casi sin emoción.
Matthäus manejaba el partido incluso cuando no tenía la pelota. Klinsmann corría como si el cansancio fuera una superstición extranjera. Brehme aparecía siempre donde hacía daño. Littbarski parecía de esos jugadores con el balón atado al pie.
Una maquina. Una de esas selecciones que no parecía venir a jugar un Mundial, sino a reclamarlo.
El empate nos servía. Había que decirlo bajito, casi con pena. Pero había que empatárselo a Alemania.
—Compadre —me dijo uno de los muchachos mientras íbamos rumbo al Giuseppe Meazza—, si no hubiéramos regalado ese partido con Yugoslavia…
No terminó la frase.
Los colombianos somos supersticiosos incluso con las desgracias. Preferimos rodearlas antes que nombrarlas.
—No piense en eso ahorita, hombre —le dije—. Mire que después lo sala.
Otro venía haciendo cuentas desde hacía tres días.
—Con el empate alcanza.
—Sí, claro —le contesté—. El problema es que ellos no parecen muy amigos de empatar.
Se rieron. Uno siempre se ríe un poquito más duro cuando tiene miedo.
El Giuseppe Meazza todavía no rugía del todo cuando llegamos. Respiraba apenas. Como una bestia enorme que todavía no decidía si iba a devorarte o dejarte vivir. Abajo, el estadio se iba llenando de gente que parecía convencida de asistir a un trámite alemán. Nosotros no. Nosotros todavía creíamos —aunque no quisiéramos admitirlo demasiado fuerte— en esas cosas improbables que a veces le pasan al fútbol y casi nunca a Colombia.
Cuando se encendió la luz roja del micrófono dejamos de ser un grupo de compatriotas nerviosos sudando discretamente en una cabina italiana. Nos convertimos en otra cosa. En una voz intentando acompañar un país entero.
—Señoras y señores… muy buenas tardes. Colombia enfrenta esta tarde una verdadera prueba de fuego. Enfrente está Alemania, la favorita del Mundial, el equipo dirigido por el Kaiser Franz Beckenbauer… pero aquí está esta Selección Colombia de Pacho Maturana, que vino a competir y no a pedir disculpas.
Y le digo una cosa. Colombia salió sin miedo. No sin nervios. Sin miedo. Que es muy distinto.
Porque Alemania atacaba, claro. Alemania siempre parecía estar a un pase de hacer algo grave. Pero Colombia no se desordenaba. Había algo serio en ese equipo. Algo paciente. Una calma rara.
—Le digo una cosa… Colombia está bien parada. René tranquilo, sin mucho apuro. Atrás Andrés y Coroncoro, firmes. Leonel y Barrabás fajándose donde toca. El Pibe manejando esto como si jugara un partido distinto al de los demás. Freddy va y viene, hace surcos desde atrás… y ojo arriba, porque el Guajiro y John Jairo pueden aparecer en cualquier ratico.
Fuera del micrófono el miedo seguía haciendo su trabajo.
—Hermano… estamos jugando bien.
—No diga eso tan duro.
—¿Por qué?
—Porque nos escuchan las desgracias.
Nos reímos. Pero nadie se reía del todo. Porque el reloj avanzaba y Colombia seguía sacando el resultado.
Minuto sesenta. Setenta. Ochenta.
Y uno empezó a cometer ese error peligrosísimo del fútbol colombiano: empezar a creer.
No mucho. Un poquito. Lo suficiente para hacerse daño.
Alemania atacaba con esa paciencia de los poderosos. Como si supiera que tarde o temprano el mundo terminaría obedeciéndole.
El reloj avanzaba con esa lentitud engañosa de los partidos que uno no quiere mirar demasiado fuerte para no dañarlos.
Minuto ochenta. Ochenta y dos. Ochenta y cinco. Y Colombia seguía sacando el resultado.
Alemania empujaba, claro. Pero algo empezaba a sentirse distinto. No era tranquilidad. Era otra cosa. Una esperanza tímida, casi supersticiosa, de esas que en Colombia uno apenas se atreve a mirar de reojo para no salar.
Entonces el comentarista, ya un poquito ganado por la emoción, se acomodó los audífonos y dijo casi sin darse cuenta:
—Casi lo tenemos, señores… Colombia muy cerca de hacer historia.
Yo volteé a mirarlo inmediatamente.
—Mesura, hombre… mesura —le dije bajito antes de volver al micrófono— Mire que estos alemanes son capaces de dañarle a uno la felicidad sin avisar. Este equipo del Kaiser no se ha cansado de hacer goles en todo el Mundial.
Y entonces entró la voz profesional. La voz que uno usa para no contagiar demasiado el miedo.
—Entramos en los minutos finales del compromiso y Colombia está muy cerca de un resultado histórico, pero atención, porque Alemania nunca deja de competir. Matthäus sigue empujando, Klinsmann no deja de moverse, Brehme aparece por todos lados y mucho cuidado con el chiquitito Littbarski, que es un demonio… y esta gente, señoras y señores, tiene la costumbre peligrosa de no rendirse jamás.
Fuera del micrófono el ambiente era otro. Uno ya no disimulaba la ilusión.
—Hermano… ¿usted sí se imagina?
—No me diga nada todavía.
—No, pero piense… Alemania.
—Cállese, hombre.
Y entonces alguien, quizá para espantar el miedo o quizá porque los colombianos tenemos la mala costumbre de adelantarnos a las desgracias, soltó una frase que todavía recuerdo:
—Nosotros sí somos muy de malas pa’ que nos ganen al final.
Nos reímos.
Esa fue la equivocación. Porque hay veces en las que el fútbol parece escuchar demasiado.
Y entonces llegó el minuto ochenta y nueve. Una pelota suelta. Un rebote. Un espacio pequeño. Littbarski apareció como el diablo que ya había anticipado. Remate. Gol.
La luz roja del micrófono seguía encendida, así que tocó hacer lo que hacen los relatores cuando se les rompe algo por dentro: mantener las formas.
—Gol de Alemania… aparece Littbarski cuando el partido parecía escapársele al equipo del Kaiser Beckenbauer. Qué golpe duro para Colombia cuando parecía tener el resultado en las manos.
Fuera del aire, sin embargo, nadie tenía demasiadas ganas de sonar profesional.
Hubo un silencio. No largo. Uno colombiano. Resignado. Como de gente que ya conoce ciertos finales.
—No, hombre…
—La cagamos.
—Ya nos fuimos.
-A preparar maletas, pailas.
Uno de los muchachos se quitó los audífonos y miró al piso.
—Qué sal tan hijueputa la nuestra… justo ahorita.
Nadie gritó. Nadie golpeó nada. La tristeza colombiana rara vez hace escándalo. Se sienta. Hace cuentas. Suspira.
El reloj empezó a parecer una grosería.
Noventa. Tiempo cumplido. Dos de adición.
—Una queda… —dijo alguien sin demasiada convicción.
—¿Cuál una? —contestó otro—. ¿Usted sí ha visto el reloj?
Y entonces ocurrió algo raro.
Leonel agarró la pelota. El Bendito Fajardo apareció. El Pibe volvió a caminar el partido como si el tiempo todavía pudiera obedecerle.
Y el relato salió solo. Porque hay momentos en los que uno ya no habla. Simplemente lo atraviesan las cosas.
—Se queda con la pelota Leonel, Leonel con el esférico en tres cuartos de campo, arranca con todo el Bendito a los 47, dos de adición, el Bendito Fajardo entregando para el Pibe Valderrama, el Pibe con la pelota, atención, pica, arranca con balón dominado, entregando para la izquierda, muy bien para Rincón, Rincón con el Bendito, el Bendito para el Pibe, ¡Viene Colombia, Dios mío! Colombia, gooooooool, gooooooool, gooooool de Colombia, emocionante, ¡viva Colombia!
Después hubo abrazos. Gritos. Compañeros mirándose con esa cara extraña de quien acaba de sobrevivir a algo. Y hubo lágrimas, claro, aunque en las cabinas deportivas uno siempre intenta disimularlas mirando papeles que ya nadie necesita leer.
Mientras salíamos del estadio, todavía con el corazón haciendo cosas raras, pensé algo que hasta esa noche no había terminado de creer del todo.
Quizá Colombia no había empatado un partido. Quizá aquella noche dejó de pedir permiso. Porque si podíamos resistirle a la máquina de Beckenbauer, si podíamos mirar a la favorita del Mundial a los ojos y no bajar la cabeza, entonces tal vez los gigantes no eran tan gigantes.
Desde aquella noche el fútbol colombiano empezó a caminar distinto. Como quien por fin descubre que los monstruos también se cansan.
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Hay goles que duran unos segundos.
Y hay otros que se quedan a vivir para siempre en la memoria de un país.
El gol de Freddy Rincón contra Alemania en Italia 90 no fue solo un empate. Fue el instante en que Colombia dejó de sentirse invitada y empezó a creer que también podía competirle a los gigantes. Frente al equipo del Kaiser Beckenbauer, favorito del Mundial, aquella selección de Maturana descubrió algo que cambiaría el fútbol colombiano para siempre: que los monstruos también podían cansarse.
Esta camiseta rinde homenaje a ese momento inmortal. A la corrida de Freddy, al pase eterno del Pibe, al grito atravesado de un país entero y a una generación que aprendió que el fútbol también podía pertenecerle.
Porque algunos recuerdos no envejecen.
Solo se vuelven leyenda.
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